Cuadro de texto: Iglesia Luterana de la TrinidadCuadro de texto:  “Donde el Espíritu del Señor está, allí hay libertad”

 

 

 

 

 

 

 

LA IGLESIA LUTERANA

 

Se llamó luteranos a los seguidores de Martín Lutero, quien inició en Alemania en el s. XVI un movimiento de reforma que tuvo como resultado su separación de la Iglesia de Roma y la constitución de la primera iglesia protestante.

 

Un suceso tan importante no fue producto espontáneo de una generación. A lo largo de la historia de la Iglesia Cristiana diversos grupos, movimientos y personas habían tratado de devolverle la pureza moral y la fidelidad al Evangelio. Desde la Baja Edad Media, existía un clima generalizado de descontento por la degradación de la Iglesia expresado por otros reformadores como el inglés John Wyclif (s. XIV) o el bohemio Jan Huss (s. XV).

 

Todos los anteriores intentos de reforma fueron aplastados por el poder papal. Una confluencia de factores culturales, políticos y económicos determinaron el éxito de la reforma espiritual del s.XVI      la cual, a su vez, marcó a aquellos de forma perdurable.

 

Martín Lutero, contrariando la voluntad de sus padres, abandonó los estudios de abogacía y se hizo monje agustino en 1505. Se sentía pecador y anhelaba el perdón de Dios. Pero a pesar de seguir las prácticas monásticas, de sus continuas confesiones y de castigar su cuerpo con rigurosas penitencias no conseguía que sus dudas respecto al estado de su alma se desvanecieran. Desengañado de estas cosas, se dedicó a un profundo estudio de la Biblia y llegó a entender que el perdón de Dios no se alcanza por las penitencias ni la salvación por las buenas obras sino por la gracia de Dios mediante la fe en Jesucristo, quien sufrió en la cruz, en lugar de los pecadores, el castigo de la justicia divina: “mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17). Así, su alma encontró la paz.

 

Fue ordenado sacerdote en 1507. En 1510 se le envió a Roma para realizar unas gestiones para el convento. Quedó sorprendido y horrorizado por la corrupción e inmoralidad en que vivían los clérigos y el mercadeo que se llevaba a cabo en los lugares considerados santos. Sin embargó, creyó necesario seguir las costumbres de los peregrinos en Roma como la veneración de reliquias o subir la “escalera santa” (que se cree transportada por ángeles de Jerusalén a Roma) de rodillas diciendo un padrenuestro en cada escalón. Recordando la palabra de Dios “mas el justo por la fe vivirá”, se dio cuenta de que todas aquellas penitencias y rezos no servían para nada excepto para llenar con el dinero de los peregrinos las arcas del Papa.

 

En 1512 recibió el título de Doctor de la Sagrada Escritura y ejerció como profesor de Teología en la Universidad de Wittemberg. Por aquel entonces, él seguía considerándose a sí mismo como fiel miembro de la Iglesia de Roma. Pero poco a poco llegó a entender que era imposible conciliar sus principios con los de la teología oficial.

 

El Papa León X necesitaba recaudar grandes sumas de dinero para el sostenimiento de su corte y para diversas empresas políticas y culturales, entre ellas la finalización de la Basílica de San Pedro. Por ello autorizó la venta de indulgencias, documentos que, teóricamente y previo pago por uno mismo u otra persona, acortan los sufrimientos del purgatorio.

 

Un fraile llamado Juan Tetzel fue el encargado de la venta de indulgencias en la zona de Wittemberg. Afirmaba que cada vez que caía una moneda en la caja de recaudación, se libraba un alma del purgatorio. De ello se deducía que se compraba el perdón de los pecados, incluidos los futuros, lo cual condujo a toda clase de inmoralidades.

 

Lutero redactó 95 tesis como protesta contra esta doctrina y las clavó en las puertas de la Iglesia de Wittenberg el 31 de octubre de 1517 para que fueran leídas por todos los que llegaran para la celebración del día de “Todos los Santos”. En ellas se preguntaba porque el Papa, si verdaderamente tenía el poder de librar a las almas del purgatorio, no las libraba a todas de una vez movido por la compasión ante sus sufrimientos en lugar de sacarlas poco a poco por dinero.

 

Estas tesis fueron impresas y circularon por todo el país, produciéndose un gran debate durante el cual la Iglesia pidió a Lutero que se retractase, cosa que él no hizo. Antes bien, se fue alejando cada vez más de los dogmas católico-romanos a medida que aumentaba su comprensión de las grandes verdades evangélicas. Llegó a criticar algunas resoluciones de Papas y Concilios alegando que, como humanos, podían equivocarse. Él sólo reconocía como únicas autoridades las Sagradas Escrituras y los argumentos basados en la razón y la lógica.

 

En 1520 fue excomulgado por hereje y el Papa ordenó que lo apresaran y lo entregaran a Roma. En 1521, León X ratificó la excomunión de Lutero incluyendo también a sus seguidores que fueron por primera vez llamados “luteranos”.

 

Por ese tiempo fue aceptado como emperador de Alemania el rey español (Carlos I) con el título de Carlos V. Este se alarmó al ver que gran parte los alemanes habían aceptado la doctrina de Lutero y, por ello, el imperio estaba enfrentado al Papa. En un último intento por arreglar las cosas, convocó a Lutero a la dieta de Worms en 1521. Como este siguió sin retractarse, Carlos V lo declaró proscrito, dándole un plazo de 30 días para abandonar el imperio ya que pasado ese tiempo era deber de cualquier fiel súbdito matarlo. También ordenó que sus libros fueran quemados y autorizó la confiscación de los bienes de sus seguidores.

 

Pero Lutero recibió el apoyo del pueblo alemán y de muchos príncipes que deseaban afirmar su independencia frente al Papa y verse libres de su yugo y corrupción. Él, que hasta entonces había esperado que la indispensable reforma del cristianismo pudiera realizarse dentro de la iglesia de Roma y bajo la autoridad papal, tuvo que asumir el liderazgo de una nueva iglesia. Su obra se consolidó y él realizó una importante tarea como escritor de tratados teológicos, compositor de himnos y traductor de la Biblia al alemán.

 

Fue en 1529, con ocasión de la dieta de Spira,  cuando apareció el término “protestantes”. No se debe interpretar esta designación en un sentido negativo como comúnmente se hace (protestar contra lo erróneo) sino que indica la voluntad de los luteranos de dar testimonio (pro-testari, en latín) incondicional de la verdad evangélica devuelta a la luz por Lutero. En ellos no se manifestó ningún deseo de ruptura: sencillamente, ante sus adversarios, tuvieron el valor de afirmar que la Iglesia debía someterse a la verdad tal como se halla en la Biblia.

 

Querían reformar la Iglesia desde dentro y en 1530, ante la dieta de Augsburgo, convocada por el emperador, presentaron la primera “confesión de fe” de la Reforma redactada por Philippe Melanchthon. En ella, afirmaban su arraigo en la tradición cristiana definida por los concilios ecuménicos de los s. IV y V, así como su rechazo de las más importantes herejías condenadas desde entonces. Afirmaban que “Tanto en materia de doctrina como de ritos no hemos adoptado nada contrario a la Escritura o a la Iglesia cristiana universal.”

 

En el artículo VII de la Confesión de Augsburgo se da la primera definición protestante de la Iglesia: “Enseñamos que no ha de haber más de una sola santa Iglesia cristiana y que ella subsistirá eternamente. Iglesia que es la reunión de todos los creyentes entre los que el Evangelio se predica fielmente y los santos sacramentos se administran conforme al Evangelio…La unidad verdadera de la Iglesia cristiana no exige la observancia en todas partes de las mismas ceremonias, instituidas por los hombres…”

 

Todas las tentativas de llegar a un acuerdo fracasaron y el Concilio de Trento se inició en 1545 con la ausencia de los protestantes. En 1555 el emperador permitió que cada príncipe alemán decidiera la religión que se practicaría en su territorio.

 

El luteranismo se extendió rápidamente por toda Alemania, Dinamarca y los países escandinavos. También en el norte de América se implantó sólidamente, siendo actualmente la cuarta iglesia en Estados Unidos por el número de fieles.

 

Según las estadísticas proporcionadas por la Gran Enciclopedia Larousse Universal, de los 480 millones de cristianos protestantes en el mundo, los luteranos constituyen el grupo más numeroso con 124 millones.

 

En España, la Reforma Protestante fue perseguida y casi totalmente consumida por las hogueras de la Inquisición. Un eminente protestante español fue el fraile Casiodoro de Reina, que se exilio para salvar su vida, ejerciendo como pastor luterano en Amberes y Frankfurt. Su mayor aportación fue la traducción al castellano de la Biblia. Dicha obra fue la primera Biblia completa impresa en nuestro idioma. Cipriano de Valera la revisó y, hasta el día de hoy, la Biblia Reina-Valera sigue siendo la más usada entre los protestantes de habla hispana.

 

NUESTRA HERENCIA PROTESTANTE

 

Sin duda Martín Lutero fue uno de esos hombres que cambiaron el mundo que les tocó vivir. Fue el instrumento humano que Dios, en su providencia, utilizó para iniciar la trascendental, profunda y necesaria reforma de la Iglesia. Él sacudió los cimientos de la autoritaria Iglesia de Roma, arremetió contra el error y liberó, con la auténtica verdad bíblica, la conciencia de millones de personas de las tinieblas espirituales a las que se hallaban sometidas.

 

Tal como él mismo le pidió a Dios en oración, le fue dado el poder para mantenerse firme y luchar por la verdad, la justicia y la libertad. No se amedrentó ante enviados papales, consejos formados por altos prelados, sacerdotes, nobles, doctores universitarios o el emperador y sus ministros. No se retractó ante excomuniones ni amenazas de muerte y en más de una ocasión arriesgó su vida. Pero, según él mismo manifestó, prefería caer con Cristo que estar en pie con César.

 

La práctica totalidad de las iglesias protestantes, tienen sus raíces en las enseñanzas de Lutero. Pero la Reforma Protestante fue un proceso al cual otros importantes teólogos, como Zwinglio y Calvino, también contribuyeron. Aunque compartieron un núcleo básico de creencias, hubo doctrinas particulares que los separaron.

 

Afortunadamente hoy corren aires más ecuménicos como lo prueba la Concordia de Leuenberg firmada en 1973 por las Iglesias luteranas y calvinistas (o reformadas) europeas, que establecía entre ellas una comunión eclesial, de púlpito y altar y un reconocimiento mutuo de la ordenación de sus pastores.

 

En Estados Unidos, luteranos y reformados (de origen suizo y, por tanto, inspirados en la teología zwingliana) que habían emigrado desde Europa, intentaron desde el principio superar sus diferencias. De hecho, ya en 1782 compartían ministros, servicios de culto y se referían a sus iglesias como Iglesias Evangélicas Protestantes.

 

La Iglesia Luterana de la Trinidad es heredera de la Reforma Protestante, iniciada por Lutero y continuada por Zwinglio y Calvino. Pero no somos seguidores de Lutero sino de Cristo. Como Lutero mismo dijo: él no inventó la doctrina ni murió por nuestros pecados. Y, como él, nosotros también queremos la sola exaltación de Cristo.

 

Tampoco somos seguidores de Zwinglio ni de Calvino. Cada uno de estos grandes hombres de fe contribuyó a devolver la luz a las grandes verdades bíblicas que habían sido oscurecidas durante siglos por los errores y corrupciones de la Iglesia de Roma.

 

Las Confesiones de Fe y libros de doctrinas elaboradas por ellos y por otros teólogos, tanto de aquella época como posteriores, son dignos de estudio y muy provechosos pero no diremos que son una perfecta exposición de las Sagradas Escrituras ya que ello equivaldría a elevarlos a la categoría de Palabra de Dios. Son útiles pero no perfectos. Perfecta sólo es la Palabra de Dios y a ella debe someterse todo escrito humano, que como tal, es susceptible de contener errores. No hacemos ni de Lutero ni de ningún otro reformador un nuevo “Papa” infalible.

 

Seguimos las instrucciones dadas por el Espíritu Santo, a través del Apóstol S. Pablo: “Examinadlo todo; retened lo bueno” ( 1ª Tesalonicenses 5:21”) y el ejemplo de los bereanos, de los cuales la Palabra de Dios dice “Y estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” (Hechos 17:11).

 

Así mismo, asumimos el lema de la Reforma Protestante “Ecclesia semper reformanda est” puesto que la Iglesia siempre necesita ser reformada y no debe estancarse en el inmovilismo, lo cual en la práctica viene a significar “mutatis mutandi”, es decir, cambiando lo que hay que cambiar.

 

No participamos del espíritu sectario y excesivamente denominacionalista de algunas iglesias confesionales, que creen ser las únicas en estar en posesión de la verdad. Por encima del apellido que cada uno adopte (luterano, reformado, anglicano, bautista …), nuestro nombre es “cristianos”.

 

Por otro lado, cualquiera puede comprobar que dentro de cada denominación existe una amplia variedad de posturas, desde las más conservadoras hasta las más liberales, sin que ninguna de ellas tenga el derecho de reclamar el uso exclusivo del distintivo denominacional.

 

La Iglesia Luterana de la Trinidad es fiel a los llamados cinco sólos de la Reforma Protestante:

 

SOLA SCRIPTURA (sólo la Escritura): La única y suficiente fuente de revelación y autoridad de doctrinas y normas de vida son los libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento. No aceptamos revelaciones posteriores concedidas a supuestos nuevos profetas.

 

SOLO CRISTO: El único fundamento de la fe, mediador entre Dios y los hombres y salvador es Jesús.

 

SOLA GRATIA (sólo la gracia): Somos salvos por la gracia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, fe que es un don de Dios.

 

SOLA FIDE (sólo la fe): Nuestras buenas obras no nos salvan. No podemos hacer méritos para nuestra salvación o la de otros. Nadie puede “ganarse” el cielo. Somos salvos por la gracia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para que nadie pueda enorgullecerse de ser bueno.

 

SOLI DEO GLORIA (sólo a Dios la gloria): Ningún ser humano tiene motivos para jactarse de su propia bondad, sus buenas obras, sus méritos o su fe puesto que todo ello es un don inmerecido de la gracia soberana de Dios.

 

 

NUESTRA LITURGIA

 

Hemos sido llamados a adorar a Dios en espíritu y en verdad.

 

Deseamos que nuestro culto sea ordenado y hermoso para recordarnos que estamos en la presencia de un Dios Todopoderoso y Santo.

 

Buscamos un equilibrio entre la liturgia tradicional y la contemporánea. Nuestro culto es sencillo en su forma pero, al mismo tiempo, solemne.

 

Deseamos que cualquier cristiano de cualquier tradición pueda sentirse cómodo y gozar de este tiempo de adoración.

 

Celebramos la Santa Comunión en las dos especies cada domingo. Todos los cristianos son bienvenidos a la mesa eucarística.

 

 

MARTÍN LUTERO

Martin Lutero clava las 95 tesis en Wittenberg

EL EMPERADOR CARLOS V

Philippe Melanchthon.

CASIODORO DE REINA

CIPRIANO DE VALERA

JUAN CALVINO

ULRICH ZWINGLIO